en línea recta
avanzar
en línea recta
de frente
seguir
avanzar
caminar
en línea recta.
Y de tanta línea recta chocó con sus propios talones y se dio la espalda a sí mismo.
*
Mamá se quedó sola cuando tenía 6 años. Sobrevivió, como se sobrevive a todo en la vida cuando uno quiere vivir. Se sintió pequeña, colgada de una rama, se sintió sin fuerzas, cansada. Pero sobrevivió, aprendió a despegar cada mañana, a sentirse única, a batir las alas. Aprendió a caminar, a nadar a volar a observar. Ahora sus pequeños búhos se han independizado, han crecido, se han ido en pendientes y collares, y mamá búho vive como la primera vez que empezó a vivir: sola. Pero hoy, satisfecha, después de los años y de todo lo que ha volado, sonríe con una mueca de colores que la hace torpemente feliz.
El cuento de hoy se escapó por la ventana, llamó para decir que llegaba como podía, que llovía, y le dije no te preocupes, que yo me voy a dormir y mañana será otro día. Colgamos, respiramos, y me dormí. Antes de dormirme di vueltas en la cama, me giré y pensé “no pienses”, me giré y pensé “think happy”, me giré y pensé “be happy”. Y a la vez que iba pensando cada palabra, iba apareciendo en las paredes, en el colchón, en mi iphone, en las estanterías, y en cada postal, convirtiendo la habitación en un poema estático.
*
(nueva funda de iphone, de http://www.naturallife.com)
No sé si hay vida después de la muerte, pero lo que hay es muerte en la vida. Ahora que tan de moda están las series y películas de zombies después del gran éxito de The Walking Death… Me pregunto quién sería capaz de identificar a un muerto en vida, si nos lo encontráramos por ejemplo en medio del Paseo de Gracia. Esto le pasó a mi amiga Florine, cuando paseando por el centro tranquilamente, se encontró con un tipo muy raro que parecía sacado de otro mundo. C
hocaron. Intercambiaron miradas. Cenaron. Se acurrucaron. Despertaron. Al amanecer, el hombre no estaba. Su silueta se seguía marcando en la cama y sus prendas de ropa quedaron allí, tumbadas, como si ellas fueran él y eso fuera todo lo que hubiera existido.*En sus creaciones, Carol Christian Poell utiliza la excentricidad, la extravagancia. Utiliza materiales fuera de lo común: desde sangre a pelo humano, transgrede las normas, juega con sus formas de estalactitas en las suelas de sus zapatos, goma que se derrite, y piel.
Os recomiendo mucho una visita (será breve) a su página:
Preparados, listos, ¡YA! Y sonó el silbido. Los seis nadadores preparados se lanzaron al agua y empezaron a avanzar. Sus respiraciones acompasadas empezaron poco a poco a parecer sofocadas, cansadas. Los brazos perdían la fuerza, los pies ya no hacían salpicar el agua… Los nadadores seguían poniendo todas sus ganas, esforzándose al máximo, intentando ganar una batalla perdida. El agua, impasible, inmóvil, no jugaba a su favor. Desde su carril, alzando la vista, podían verse los unos a los otros y al menos ver que todos se estaban cansando por igual sin llegar nunca a su objetivo. La piscina no terminaba nunca, por más que moviesen brazos y piernas, por más que respirasen… Habían llegado a su límite, al límite de su esfuerzo, de sus fuerzas. Y sin ver el final, perdieron las ganas. No pudiendo más, se hundieron en sí mismos.
Sujétame, como si fuera esta noche la última vez, y me dio un anillo. Me lo puse sin más, pensé lo de “siempre irá conmigo”, “no me lo quitaré ni para lavarme las manos”, pero no tardé mucho en notar algo extraño. A medida que te alejabas el anillo me estrechaba más y más los dedos, se contraía hasta hacerme daño, me clavaba sus uñas en mi piel, y se me hacía insoportable el dolor. Notaba como nuestros pasos estaban cada vez más lejos porque sus dedos se agarraban a los míos; dolía. Así que me dije: tiene que volver.

Que te miren a los ojos y que te digan: “quiero beber de tu copa”, aparentemente: seducción. Todo se complica cuando quien le dice “quiero beber de tu copa” no es una persona delante de otra, sino que es una pestaña a la otra.
Cada una con su copa, observando el mundo desde este camuflado punto de vista, escondidas detrás de su gran cocktail, las dos pestañas bebían a sorbitos de su copa. El problema fue el dia que decidieron intercambiárselas, probar una la copa de la otra, y perdieron horas y horas intentando llegar, poniéndose del revés, parpadeando a máxima velocidad para al final, sin éxito, acabar tirando los cocktails por encima del vestido de Laura. Y es que los cocktails salieron disparados hacia adelante de tanto pestañear, perdiéndo así, no solo todo su preciado contenido, sino la amistad entre pestañas.
*

Siempre había querido mi pelo más largo, hasta antes de ser bolso, en mi clima tropical, quería tener aquello que dirías: “melenaa”. Soñaba que entonces yo me giraba, pelo al viento, sonrisa de satisfacción, y seguía andando,
Lo que pasó es que no, no me crecía el pelo de piña, y me mudé a la ciudad. Después de colarme en el carro de piñas mediocres destinadas al supermercado, me escapé y empecé a recorrer las calles, a dormir en donde podía y sin poder pagar alquiler.
Mi obsesión per ser la “melenas” me llevó a descubrir el factor peluquerías. Fue allí donde, después de pasar tres veces al día por delante, me decidí a entrar para que cambiase mi vida. Me hablaron de unas tal extensiones, que se ve que tendría que llevar cargando conmigo si es que quería tener el pelo más largo, pero eran unas cotorras que me hubieran hecho solo dolor de cabeza.
Lo mejor de la pelu fue conocer a Sonia, que le lavaban el pelo en el sillón de al lado, y que tenía una melena pelirroja hasta la cintura. Ella se ofreció para ayudarme, me puso asas, me llevó de paseo y me dio un hogar. Así es como mis cuatro pelopiñas se vieron compensados y nunca más me tuve que preocupar : )
Pues si, estoy segura de que jersey y cesta se habrían dado un susto enorme de haberse encontrado cara a cara. Pero es que la señora Antònia, usaba su cesta sin darle más importancia, para ir a comprar o llenarla de flores al ir a pasear. Lo que no sabía es que un día su inocente bolsa revolucionaría el mundo.
Ya hacía días que notaba algo extraño, como alguien que la observara desde lejos, a escondidas. Una tarde, cuando salía como de costumbre a dar sus paseos con su cesta, lo vio: el primer flash. El primer flash que cambiaría su vida. Y es que sin saberlo, Antònia había dado con la tendencia del momento. Se había convertido, a su edad, en toda una coolhunter, algo que no sabía muy bien lo que significaba pero le gustaba. A partir de aquél momento, los flashes, las entrevistas, los periodistas, no pararon. Hasta la gran firma Mango, que sacaba su colección Low Cost por aquél entonces, se inspiró en su cesta pastel para crear el jersey que más vendería de su temporada.
Moraleja: aquí no se tira nada, ¡todo vuelve!
*
Bernadette siempre salía de casa a las siete de la mañana. Bajaba la pequeña escalera de madera y salía a por el periódico y el puro de su marido. Iba a misa a las 8 y volvía a casa con el pan para el desayuno debajo del brazo. A pesar del viento que hacía siempre en aquél pequeño pueblo del sur de Francia, Bernadette salía siempre, cada día la misma rutina.
Siempre tapada, con su foulard negro en invierno o sus pañuelos de flores en verano, nadie la había visto nunca de otra forma, ni la había conocido más íntimamente como para saber qué se escondía detrás de aquella mujer. Y es que nadie había entrado nunca en su casa ni sabía quién era su marido. ¿Existiría realmente el tal Gioseppo? Según la mujer, su marido era un italiano reservado y preocupado por sus cosas, que nunca quería salir de casa y se excusaba con un trabajo que no le permitía distracción alguna.
Sin embargo, nadie sospechaba lo que pasaba en realidad. Debajo de aquellos vestidos de seda con cuello redondo ajustado, se escondía el único recuerdo que a Bernadette le quedaba de su Gioseppo: su bigote. Aquel bigote que la había enamorado de aquel joven que conoció en su viaje a Italia, aquel joven que nunca se presentó y que desapareció de su vida sin más. Aquella tarde en Siena, cuando Bernadette se dirigía a la estación de regreso a casa, y encontró aquella cajita de madera con su nombre grabado, lo entendió todo. “Bernadette, si hubiera podido hablarte no me hubiera callado nada. Perdona mi silencio, pero lo más cercano al habla que tengo es esto”. Y junto a la nota, el bigote que Bernadette llevaría por siempre jamás colgado del cuello, esperando a que aquel amor mudo le hablara.